noviembre 23, 2008

Macedonio Fernandez - Historia de la fantasía argentina

Macedonio Fernandez

Link: Macedonio Fernández

¡Dos años de Revista FIERRO! - Por Marcelo Meza









¡Dos años de la Revista FIERRO, La historieta argentina!

Por Marcelo Meza - Edición especial
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"Cumplir años significa ponerle el cierre, la tapa y el rótulo a un ciclo cerrado. Así, esta nueva etapa de Fierro cumplió literalmente dos con el número de octubre (2008) y arranca hoy su tercer año. Es un gusto entonces ya no tener nada que cerrar sino abrir con todo". Así nos introduce su director Juan Sasturain, desde su editorial.

Para los que disfrutamos la primer etapa de la revista nos invade la nostalgia de la era de oro de las historietas argentinas. No hay dudas, en argentina hubo y hay de lo mejor, tanto sea en guionistas como en ilustradores y dibujantes.

Por ahora resiste casi sola Fierro de fierro. Auguramos sea el inicio de una nueva etapa en la historieta de nuetro país.

Particularmente extraño revistas de ciencia ficción, temáticas surrealistas y fantásticas que las hubo y de muy buena calidad. Esta nueva etapa es, sin demerecer, una versión descafeinada y brutal adecuada a los tiempos que corren. Claro que podría ser mejor y lo será. Pero a modo inaugural es probable que funcione como faro a otras publicaciones y está bien.

El ojo podrido saluda con augurios este tipo de emprendimientos para fortuna de muchos y desgracia de pocos.

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Marcelo Meza - 24 de noviembre de 2008

Notas relacionadas y ampliadas sobre el tema:
La cárcel de papel

junio 29, 2008

Que vuelva El Caza


Cuando a los Comics los llamábamos Historietas



Soy de una generación o muy bruta o muy leída. Yo me considero de los del medio. Pero he leído hasta los recetas de las pastillas de la nona. Y en esa avidez de lectura de cuando era chico, tuve la suerte de encontrarme con revistas como D’artagnan, Escorpio, revistas de fotonovelas pedorras, Killing, La revista Humor, El péndulo (ciencia ficción, no historieta), Superman, Historietas surrealistas de España, etc. Un día me encuentro que sale una nueva edición de El cazador. Me encantó la ilustración y lo mejor de todo es que era Argentina! Lo más importante fue que me resulto muy loca por el lenguaje, ya que era de lo más vulgar y brutal que se pueda usar para una historieta. Así fue cambiando este Cazador de aquel acartonado simil del Capitán América, tan descafeinado que me resultó siempre. El Cazador te hacía cagar de risa y te detiene en la estupidez porque no se come una. Es valiente al pedo, pero va al frente. Algo fiaca. Hincha de Racing Clú. No tiene pelos en la lengua y no le gustan las injusticias. Se agarró a trompadas con Patoruzú y el indio le dio una paliza con sermón y todo, lo trató de boca sucia.

El caza es un tipo de acá a la vuelta, siempre se mete en líos y siempre da la impresión de que es amigo nuestro, que no nos tiene que salvar.

Entonces, Que vuelva El Caza.

Volvió la revista Fierro, hace casi ya un año y medio, la revista Argentina. Y siguen varias, resistiendo en el interior. Me gustaría mucho que volvieran otros exponentes como fue Cognini desde Córdoba, con sus típicos personajes, Negrazon y chaveta, El Sueñero de Breccia, El tan querido Don Inodoro Pereyra y el mendieta de Fontanarrosa. Desde ellos (muchos ya no están) hasta un espectacular neo surrealista, al que admiro tanto, como es Liniers. Súper Héroes que en realidad son antihéroes. Al mejor estilo Argentino, como El Caza, que es un muerto vivo que se alimenta de cadáveres para poder vivir (?) toda una paradoja. Que vuelva El Caza.

Y en el camino todo lo argentino, nuestros grandes ilustradores y dibujantes exparcidos por el mundo, todo lo que anda por ahí por la red, los viejos, los nuevos, los que tengan algo par decir. Con poesía y sin ella. Que vuelva El Caza.

Andamos tirados de Héroes por estas pampas. Pero, en realidad, para ser súper hay que tener mucho más que un puñado de poderes y capa, porque la resistencia ya la hicieron nuestros viejos o la hacen nuestros queridos amigos.

Levanto la voz, Que vuelva El Caza.

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Marcelo Meza - 2008

julio 19, 2007

Un mago de la alegría - a Roberto Fontanarrosa






Un mago de la alegría



Porque tener la capacidad de hacer reír, ganado como compinche el ingenio, es un acto de alquimia y fantasía acrobática del alma que rompe fácilmente el dolor y la tristeza, ternura a lo que nos tenía tan mal acostumbrados el querido y admirado Roberto Fontanarrosa, por todo eso es que lo nombro mago de la alegría.



Por ser Bonaerenses lo llamamos argentino con letras grandes pero solo porque nació en otra provincia que no es Buenos Aires, rompiendo por enésima vez aquello de la oficina de Dios en la rosada. Mejor. Porque nos lo dió la muy querida Santa fe y más precisamente: Rosario; cuna de artistas y grandes músicos que no dejan de sorprender al mundo con su nivel y alta sensibilidad.
Entonces, señoras y señores, qué importa eso, él es como de la casa, es el amigo de la familia, más que argentino entonces. Ese que los domingos nos regala carcajadas y quizás, entre semana, por error - en alguna revista de las viejas o de las nuevas que eran viejas -, asomando su nariz detrás de sus queridos personajes, nos liquide una lágrima de esas profundas, como las que caen mientras está el sol. Es y será siempre el tío macanudo, aliado nuestro - a pesar - de los que somos, por falta de habilidad o por descuido, célebres "patas duras" en el arte del fobal, remisión a manera de guiño en cada uno de sus cuentos terrestres que nos han invitado a jugar, a nosotros: que no podemos ni meterla en contra. Sólo por esa complicidad vale sentirlo nuestro, gritando cada uno de sus golazos con la tinta y el papel, hasta desgarrarnos la garganta, con la misma pasión de la victoria o el digno silencio de la derrota.



Nos ha enseñado bien, a reír ante todo, soñando que el mejor de los sueños es esto que logramos ser, porque después de todo, este asunto del humor es cosa seria y vaya que se lo ha tomado así. Cariño grande nos ha convidado don Roberto, acompañando nuestras vidas en el transcurso inevitable del crecimiento, en las buenas y en las malas, como los amigos y sin reprocharnos nada, salvo cuando nos poníamos serios "al cuete".



Que Don inodoro Pereyra y el mendieta no son fortuitos y mucho menos aquel Boogie el aceitoso. Que cada una de sus historias nos pintaron a nosotros y a cada uno, y qué bien pintados, que colores puros teníamos en su pluma. Ahora que se fue de gira a tomar mate con Oesterheld, dibujando "clementes" accidentales o "Matías" fortuitos a pedido de admiradoras sospechosas, seguramente nos seguirá regalando su sonrisa canalla, su pasión por la risa y la alegría que tenemos y a veces se nos cae desprestigiada por el peso de mil ceños fruncidos y otros territorios ocultos; caras largas como las colas para pagar y todo aquello que hace que la argentina sea lo que es y nos robe el humor por varias horas.



Digo, que el humor de él es el carnaval de la risa y, por lo tanto, de la alegría. Ya que, grises como somos los de la ciudad, será posible que nos olvidemos un poco de los gruñidos para pasar la pelota de carcajada en carcajada, compartiendo, en ronda de amigos y de compañeros y de los que amamos su modo de ver la vida. Al fin de cuenta, Roberto Fontanarrosa no solo le hacía cosquillas a la risa sino que es lindo pensar que desde su querido Rosario haya inventado con su magia el humor, con el pase corto, la cabeza en alto y el puntinazo directo al corazón.


Con toda admiración y respeto
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Marcelo Meza – 20 de julio de 2007 – Buenos Aires, Argentina
Sitio oficial de Roberto Fontanarrosa 26 de noviembre de 1944 - 19 de julio de 2007 - Rosario.

mayo 07, 2007

Toscolítio en Holanda - IV parte de las aventuras de Toscolítio





Toscolítio en Holanda

Nuestro amigo Toscolítio no sabe mucho de mujeres pero si de mecánica cuántica. Se fabricó una bengala y se fue nomás como las alpargatas del pichi.
Una tarde de mucho pero mucho calor Toscolítio vió que las mujeres eran de plástico y llamó a su mamá y le preguntó por los ajíes en aceite. Ella le tiró un pasado imperfecto y ahí entendió Toscolítio, el bulemún, que estaba usando el forro al revés. Cuando vio una vaca de plata lloró antes de quemarse con látex. Se le infló una idea de la tramabunda enciclopedínia al mismo precio que la guirnalda le metió su mano cuadrada y gomosa en la ortopedia, y ella le eyaculó en francés. Es que justo se había equivocado. " Los canguros no existen", entendió Toscolítio porque en la cama metió palo y palo pero se perdió la bolsa.
Se cansó de que le rompan el pasado y se fue a hablar con la canilla de plástico que es más dulce y calentita que los holandoargentinatis.
A veces pienso que Toscolitio es un pajarón.
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"Ni mira ni mona ni lisa"
Marcelo Meza – 9-4-07 Derechos reservados

Liniers - Macanudo











http://autoliniers.blogspot.com/

Darse cuenta - (De las aventuras de Toscolítio)

















Darse Cuenta

Una mañana fui corriendo a contarle un sueño a Toscolítio, ¡Toscolítio, Toscolítio, Toscolítio! ¿Dónde te metiste, Bulemún? Y ahí vi su medio piecito. Estaba tirado debajo de la cómoda con una media de la abuela en la cabeza. Quise hablarle mermelada de zapallo porque sé lo sensible que es cuando se pierde o le sucede alguna travesura, en especial cuando las medias. Tenía su cara dura de miedo maternal. Le limpié las lagañas y lo abracé fuerte y despacio. ¡Toscolítio mío, como te quiero! ¡Seremos amigos para siempre! Pero mi huesudo amigo esta callado, con un silencio de ángel que me dio miedo. Miré bien su media panza y noté que estaba herido. Enseguida revolví el botiquín de mamá y le puse mertiolate, me pidió que le soplara. Nos quedamos en silencio un rato largo. Me agarró el dedo gordo con fuerza, nunca lo había visto así a mi amigo Toscolítio. Unos días después supe el porqué de su dolor. Sufría porque había escuchado en la tele que los muñecos no tienen vida y esa fue la primera vez que se dio cuenta quién era yo.
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Arte: Sandra Arteaga Armenteros Arteaga
"Unica y córnea"
Marcelo Meza – 21-4- 07 - Derechos reservados

enero 09, 2007

El Guardián del Portal insiste


Este espacio de silicio, metal y mica fue hallado por pequeñas manos retráctiles. Llevado ante Trasmáfala como ruinas de un motín olvidado él seguirá insistiendo con estos circuitos andrajosos, puenteando las conexiones hasta dar con el quark, hasta mutar andróginos conductores con sus biotendones de la orden. Las arterias del mecanismo se han vuelto más oscuras que antes a causa del deseo del guardián, que es conquistar, implacablemente, las mentes aunque los cuerpos se hayan perdido.

Dibujo: Luis Di Donna "Guardián"

Solo tú eres más






















Solo Tú eres más

Vos sos más mujer.
Te escondés en ese traje masculino.
Sos más mujer.
Tiemblás ante la verdad de ser
mas mujer
Vida de hombres, nombre de hombre
pero solo eres
mujer.
Diría una mentira si afirmara la
totalidad de tu femineidad.
Eres caballero, dócil, tierno, seguro.
Pero eres mujer. Hombre y mujer.
La barba no significa nada. Tu
nuez de Adán tampoco.
¿Acaso el arito te hace doncella? ¿Y el pelo largo?

Es cierto, no tienes pechos femeninos
pero tampoco el delirio varonil.
Sos muy mujer para ser hombre.
Sos muy macho para ser mujer.
Y te revienta la cabeza aceptar que te
gustaría amamantar a tus hijos.
O que en pleno éxtasis seas penetrado
por una lengua ardiente...
Y mostrar tu pelo tan indecentemente
como lo hacen ellas.
A no confundir: eres lo que eres.
Un poco hombre, un poco mujer.

Seduces como serpiente y caes en tu misma
tentación cual Eva moderna.
Eres camino y horizonte.
No eres mina, ni perra, ni atorranta; solo dije mujer.
Una mujer fuerte y decidida. Una dama con todas las letras.
Delicado. Sensible. Cauto. Fuerte. Algo odiosa, algo diosa...
Inseguro.
Tus fantasías son gusanos que te crecieron a lo largo de los años.
No dudes de admirar sus alas. Quizá sean las mariposas de los sueños.
El sexo no es nada, si es una cosa.
Somos sexo y amamos la vida. Tu insinuación femenina te hace mas hombre.
Y tu desaforada poesía
te hace mas mujer.
Eres deseado por todas.
Los hombres estarán siempre solos; terribles, aburridos.
Y las mujeres morirán en el rincón
de las costumbres; insaciables materialistas.
Solo tu eres más,
pensálo.
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Marcelo Meza - Derechos reservados © 2007
Obra plástica: Guillermo Vidal - "Teotokos"

enero 08, 2007

Gotán - Juan Gelman


GOTÁN

















Esa mujer se parecía a la palabra nunca,
desde la nuca le subía un encanto particular,
una especie de olvido donde guardar los ojos,
esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo.

Atención atención yo gritaba atención
pero ella invadía como el amor, como la noche,
las últimas señales que hice para el otoño
se acostaron tranquilas bajo el oleaje de sus manos.

Dentro de mí estallaron ruidos secos,
caían a pedazos la furia, la tristeza,
la señora llovía dulcemente
sobre mis huesos parados en la soledad.


Cuando se fue yo tiritaba como un condenado,
con un cuchillo brusco me maté,
voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre,
él moverá mi boca por la última vez.
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Juan Gelman - Gotan, Ediciones LA ROSA BLINDADA, Buenos Aires. Dic 1962
Obra plástica: Ricardo Carpani Tango Pasión.1992.Acrílico sobre tela.70 X 50 cm.
Este poeta excepcional nació en Buenos Aires —en el histórico barrio de Villa Crespo— en 1930. Su primera obra publicada, Violín y otras cuestiones, prologada entusiastamente por otro grande de la poesía, Raúl González Tuñon, recibió inmediatamente el elogio de la crítica. Considerado por muchos como uno de los más grandes poetas contemporáneos, su obra delata una ambiciosa búsqueda de un lenguaje trascendente, ya sea a través del "realismo crítico" y el intimismo, primeramente, y luego con la apertura hacia otras modalidades, la singularidad de un estilo, de una manera de ver el mundo, la conjugación de una aventura verbal que no descarta el compromiso social y político, como una forma de templar la poesía con las grandes cuestiones de nuestro tiempo.

Enredaderas del ocaso - María Meleck Vivanco

Enredaderas del ocaso

Son monedas de tréboles o monedas de agua? Compramos
seis grilletes para el temblor
Dioses de la periferia, no podrán engañarnos Cuentan con el
sangrado sobre la piedra inerte Esa carta del monte, enceguecida
en su verdor
Por millones de eclipses, desaliño en los árboles la fábula
perfecta El río impenetrable obseso de palomas Tornado de
cuchillos sin muerte Juez del pánico que saltar el mundo
que hace enredar la vida y levantar esencias de fruta enamorada
Sus memorias, sus tactos que sueltan mariposas

Enredaderas del ocaso Cortinado de besos, que cuesta
Descorrer


Con largos bramidos de luna, dibujé animales que habrían de
conocer mi nombre Y en el furor del aguacero, olí una doble fila de
perfumes Los duendes del insomnio y el cielo rojo, incendiaron la
hierba
Estrañamente cruel, refundada de espejos que cortaban el aire,
opté por la aventura La oropéndola devoradora de su propio
capullo
Los tiernos cirujanos, desangraban las flores como si fueran
mis costillas
Entonces permanecí desnuda, sobre la mesa helada del
hospicio


Estoy a salvo Los rostros no se quedan en mí
Por casi nada, invado su lengua silenciosa Entonces, él me
destruye en éxtasis El muy amado, dibuja de memoria mi corazón
La profecía, repite la mixtura
Todo está disponible Todo el velamen tenso de un monte
entre abejorros Con sangría esotérica, emparejando
Empieza el frenesí a reventar la grieta Cada dos madrugadas
se trasparenta el sexo Y se agitan las llaves del milagro La balsa
cadavérica que desplaza la luna
Siete de velo, arrima fuerte su azul cobalto El ajedrez
jaqueando, duele como ninguno Hojas despavoridas, tienen menudas
trampas que sacuden recuerdos
Rojo en el rojo Azul en el Azul
Azar que amarillea las primicias Las palabras, como oro de
moneda imperial
Desde el centro, el espejismo descarrila los trenes

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María Meleck Vivanco
Fuente: Revista Ñ, Nº 153, 1º sep 2006.
Obra plástica:"El guardián de los sueños", acrílico sobre lienzo 0,60 x 0,80 mts© Dino Masiero Sauber

María Meleck Vivanco, Cordoba, 1921.
Llegó a Bs. As. en 1943. Frecuentó a Aldo Pellegrini, Enrique Molina, Carlos Latorre, Oliverio Girondo, J. J. Ceselli y Francisco Madariaga, entre otros. Multipremiada. Fue la más joven integrante del primer movimiento surrealista argentino. Sus libros de poemas son Taitacha, Temblores, Hemisferio de la rosa, Rostros que nadie toca, Los infiernos solares, Balanza de ceremonias y Canciones para Ruanda.

"Deseo aclarar el "dilema" de mi nacimiento. Fue en la provincia de Córdoba al Oeste, en el valle de San Javier (tras las sierras de Comechingones). Con un entorno de pequeñas cordilleras y montes poblados de inagotable riqueza natural, que culminan con el majestuoso pico Champaquí, de 2700 metros sobre el nivel del mar. El valle, mi amado terruño, mi chunka, se haya cubierto por un monte áspero, de una vegetación achaparrada y espinosa donde viven alimañas arcaicas. Lagartos, escorpiones, matuastos, quitilipes, y aves de rapiña. También pumas y cóndores con extraños nombres heredados del habla Inca del Alto Perú, la cual endulza singularmente el acento español de los "conquistadores" y acrecienta nuestra devoción hacia lo vernáculo, con la historia sagrada de sus dioses legendarios". "Más adelante, el grupo se aproxima (1945 y 46) a Aldo Pelegrini, Oliverio Girondo y su mujer Norah Lange. Podría hacer un libro con las famosas anécdotas insólitas y muy divertidas que se generaban noche tras noche en nuestra exaltada bohemia. El principal lugar de reunión, era el restaurante "Robino" (años 46, 47 y 48), cito en Ángel Gallardo y Corrientes, a una cuadra del tranvía 5 que tomábamos invariablemente para regresar a nuestros lugares de madrugada y en patota. Allí se hablaba de radicalismo, socialismo y también de política de ultra izquierda. Éramos como revolucionarios líricos fascinados por la figura emblemática de Trosky y admirábamos profundamente al surrealismo francés de Bretón y sus manifiestos. Pero también tarareábamos viejos tangos nostálgicos, memorizando sus letras de total poesía. Comíamos por monedas, abundante y sabroso. Bebíamos "tintillo" por demás con interminables débitos y la paciencia leal y generosa de esos gallegos dueños del negocio, tan delirantes que se habían convertidos en compinches de los "jóvenes intelectuales de la noche porteña". (Fragmento de la Entrevista con Raúl Henao, Medellín)

noviembre 27, 2006

Conejo - Abelardo Castillo



Conejo

Y cualquiera que escandalizare a uno de estos
pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le
colgase al cuello una piedra de molino de asno, y
se le anegase en el profundo de la mar.
MATEO, XVIII: 6


No va a venir. Son mentiras lo de la enfermedad y que va a tardar unos meses; eso me lo dijo tía, pero yo sé que no va a venir. A vos te lo puedo decir porque vos entendés las cosas. Siempre entendiste las cosas. Al principio me parecía que eras como un tren o como los patines, un juguete, digo, y a lo mejor ni siquiera tan bueno como los patines, que un conejo de trapo al final es parecido a las muñecas, que son para las chicas. Pero vos no. Vos sos el mejor conejo del mundo, y mucho mejor que los patines. Y las muñecas tienen esos cachetes colorados, redondos. Caras de bobas, eso es lo que tienen.

A mí no me importa si no está. Qué me importa a mí. Y no me vine a este rincón porque estoy triste, me vine porque ellos andan atrás de uno, querés esto y qué querés nene y puro acariciar, como cuando te enfermas y andan tocándote la frente, que parece que los tíos y los demás están para cuando uno se enferma y entonces todo el mundo te quiere. Por eso me vine, y por el estúpido del Julio, el anteojudo ese, que porque tiene once años y usa anteojos se cree muy vivo, y es un pavo que no ve de acá a la puerta y encima siempre anda pegando. Se ríe porque juego con vos, mírenlo, dice, miren al nenito jugando al arrorró. Qué sabe él. Los grandes también pegan. Las madres, sobre todo. Claro que a todos los chicos les pegan y eso no quiere decir nada, pero igual, por qué tienen que andar pegando siempre. Vos, por ahí, vas lo más tranquilo y les decís mira lo que hice, creyendo que está bien, y paf, un cachetazo. Ni te explican ni nada. Y otras veces puro mimo, como ahora, o como cuando te hacen un regalo porque les conviene, aunque no sea Reyes o el cumpleaños.

Yo me acuerdo cuando ella te trajo. Al principio eras casi tan alto como yo, y eras blanco, más blanco que ahora porque ahora estás sucio, pero igual sos el mejor conejo de todos, porque entendés las cosas. Y cómo te trajo también me acuerdo, toma, me dijo, lo compré en Olavarría. El primo Juan Carlos que vive en Olavarría a mí nunca me gustó mucho: los bigotes esos que tiene, y además no es un primo como el Julio, por ejemplo, que apenas es más grande que yo. Es de esos primos de los padres de uno, que uno nunca sabe si son tíos o qué. Era una caja grande, y yo pensaba que sería un regalo extraordinario, algo con motor, como el avión del rusito o una cosa así. Pero era liviano y cuando lo desaté estabas vos adentro, entre los papeles. A mí no me gustaba un conejo. Y ella me dijo por qué me quedaba así, como el bobo que era, y yo le dije esto no me gusta para nada a mí, mira la cabeza que tiene. Entonces dijo desagradecido igual que tu padre. Después, cuando papá vino del trabajo, todavía seguía enojada y eso que había estado un mes en Olavarría, lejos de papá, y que papá siempre me dice escribile a tu madre que la extrañamos mucho y que venga pronto, pero es él el que más la extraña, me parece. Y esa noche se pelearon. Siempre se pelean, bueno: papá no, él no dice nada y se viene conmigo a la puerta o a la placita Martín Fierro que papá me dijo que era un gaucho. A papá tampoco le gustó nunca el primo Juan Carlos. Y yo no te llevo a la placita, pero porque tengo miedo que los chicos se rían. Ellos qué saben cómo sos vos. No tienen la culpa, claro, hay que conocerte. Yo, al principio, también me creía que eras un juguete como los caballos de madera, o los perros, que no son los mejores juguetes. Pero después no, después me di cuenta que eras como Pinocho, el que contó mamá. Ella contaba cuentos, a la mañana sobre todo, que es cuando nunca está enojada. Y al final vos y yo terminamos amigos, mejor que con los amigos de verdad, los chicos del barrio digo, que si uno no sabe jugar a la pelota en seguida te andan gritando patadura, anda al arco querés, y malas palabras y hasta delante de las chicas te gritan, que es lo peor. Una vez me dijeron por qué no traes a tu hermanito para que atajen juntos, y se reían. Por vos me lo dijeron, por los dientes míos que se parecen a los tuyos. Me parece que te trajeron a propósito a vos, por los dientes.
Ellos vinieron todos, como cuando la pulmonía. Y puro hacer caricias ahora, se piensan que uno es un nenito o un zonzo. O a lo mejor saben que sé, igual que con los Reyes y todo eso, que todo el mundo pone cara de no saber y es como un juego. Y aunque el Julio no me hubiera dicho nada era lo mismo, pero el Julio, la basura esa, para qué tenía que venir a decirme. Era preferible que insultara o anduviera buscando camorra como siempre y no que viniera a decir esa porquería. Si yo ya me había dado cuenta lo mismo. Papá está así, que parece borracho, y dice hacerme esto a mí. Y ellos le piden que se calme, que yo lo estoy mirando. Entonces me vine, para hablar con vos que lo entendés a uno y sos casi mucho mejor que el tren y ni por un avión como el del rusito te cambiaba, que si llegan a imaginar que yo te iba a querer tanto no te traen de regalo, no. Y nadie va a llorar como una nena porque ella está enferma y no puede volver por un tiempo. Y si son mentiras mejor. Oscarcito tampoco lloraba. Ese día también había venido mucha gente, pero era distinto. En la sala grande había un cajón de muerto para la mamá de Oscarcito. Estaba blanca. Oscarcito parecía no entender nada, nos miraba a todos los chicos, pero no lloró, le decían que la mamá de él estaba en el cielo. Y esto es distinto. Mi mamá no está en el cielo, en Olavarría está. El Julio, la basura esa de porquería me lo dijo, pero a lo mejor se fue enferma a algún otro lado y por qué no puede ser. Todos lo dicen. Todos menos el primo Juan Carlos, que tampoco está. Y mejor si no está, que a mí no me gustó nunca por más que ella dijera tenes que quererlo mucho, y una vez que yo fui a Olavarría no los dejaba que se quedaran solos. Anda a jugar al patio, siempre querían que me fuera a jugar al patio: ella también. Y después puro regalar conejos, sí. Se creen que uno no se da cuenta, como ahora, que si estuviera enferma no sé para qué lo andan aconsejando a papá y él me mira, y se queda mirándome y me dice hijo, hijo. Y a veces me dan ganas de contestarle alguna cosa, pero no me sale nada, porque es como un nudo. Por eso me vine. Y no para llorar tranquilo sin que me vean. Me vine porque sí, para hablar con vos que lo entendés a uno, y sos el mejor conejo de todos, el mejor del mundo con esas orejas largas, y dos dientes para afuera, como yo cuando me río.

Me parece que no me voy a reír nunca más en la vida yo. Eso es lo que me parece.
Y al final a nadie se le importa un pito de los dientes, porque yo te quiero lo mismo y te quiero porque sí, porque se me antoja. No porque ella te trajo y mejor si no va a volver. Ojalá se muera. Y lo que estoy viendo es que esa cabeza, que tenes no es nada linda, no, y si quiero vamos a ver si no te tiro a la basura, que al final de cuentas nunca me gustaste para nada vos. Y lo que vas a ganar es que te voy a romper todo, los dientes, y las orejas, y esos ojos de vidrio colorado como los estúpidos, así, sin que me dé ninguna gana de llorar ni nada, por más que te arranque el brazo y te escupa todo, y vos te crees que estoy llorando, pero no lloro, aunque te patee por el suelo, así, aunque se te salga todo el aserrín por la barriga y te quede la cabeza colgando, que para eso tengo el tren y los patines y...
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LOS MUNDOS REALES, Alfaguara ©1966, 1976, 1992, 1997 - Abelardo Castillo

noviembre 26, 2006

Cómo



Cómo


Me muero de hambre pero me duele más morirme de viajes, morirme de fiestas, de conciertos y de amigos. Muero de soledad. Nadie me presta la suya. Si algo se mezquina con vehemencia en la ciudad es la soledad. Nadie quiere, después de quedarse solo, caer en el desamparo, en el aburrimiento. Por eso estoy sentado a la puerta del templo mundial del banco más antiguo, dispuesto con mi mejor traje celeste y mi jarro de acero real argentino a la espera de un milagro que me quite toda esta infamia en las canas.

Ya malvendí mis piernas. Una fue a parar al norte de la ciudad, supe que la exponen en una muestra de arte moderno en la recoleta. La otra, la izquierda, anda por el sur, por el bajo de San Telmo. Seguro que juega a las escondidas en el mercado de pulgas. Cada uno de mis dedos fue fumado por un acreedor distinto. El codo y el hombro se echaron a perder en una carnicería del centro: se aqueresaron. Al fin, mis orejas se perdieron en algún renuncio que no recuerdo.


Molido por la patota de los sueños casi me quedé sin columna. Me faltan tres costillas y un riñón. Hubo alguien como yo, sin traje, al que le regalé un pulmón y el apéndice que no sirve para nada. Di cada una de mis escaleras y precipicios. El poder del faro y la seguridad de mis sistemas. La liquidez de mis babas y la solidez de mis principios. Cada fragmento de memoria y de desgracia fue arrancado y vendido o regalado a extraños. La dureza, en cambio, no la pude destripar. No ha querido llevársela nadie. Al principio me alarmó la situación, no comprendía como en un mundo de durezas y rigideces desdeñaran semejante oferta. Yo tengo una dureza grande, del tamaño de un adoquín. "Llévense la dureza, ¿nadie quiere esta dureza?" Que raro... De bronca regalé lo más desquiciado, lo algo muerto y lo más loco. Junté cada centímetro de blandura, la junté con cuchara y la metí en un frasco de diamantes. No es broma: recolecté casi dos kilos líquidos. Para mi asombro la blandura se vendió bien ya que nadie permitió que se la obsequiara.

Yo sabía que cuando llegara a los huesos se armaría un escándalo. Que me escupirían, me llevarían preso y hasta los perros mojarían mi esqueleto. Pero no, a pesar de verse claramente el misterio de mi vida nadie operó su mirada al pasar frente mío. Todos los pecados y los engaños son decoraciones de las piezas óseas. Es un nido de maldades y traiciones. Se ven sin lupa, desnudas andan las miserias mías.


Ni el loco "aquí", ni el tuerto "donde" y ninguno de los otros sobrehirvientes se inmutó ante mis huesos secos. Porque ya no son estopa ni resaca. Son estaca como palos a punto de pulverizarse. Un pájaro incomprensible y extraño se posó en al clavícula sana y al picar suavemente la mandíbula caída me nació una esperanza en forma de remera blanca, blanca luz. Ahora ya no tengo más frío de primavera ni de soledad, ni de amor.
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Marcelo Meza - 1 de febrero de 2005 - Derechos reservados 2006
Ilustración Brom

noviembre 16, 2006

Artículo diferente - Macedonio Fernandez


Articulo diferente

En los días en que toda la literatura es: "Señor, habiéndose derretido la ley de alquileres, prefiera usted, desde hoy, en esta su casa por ésa mi casa, pagarme 80 pesos más, etc.", me dirigí a "Martín Fierro" pidiéndole me aumentaran espacio para los escritos. Con tal mala suerte que se me contestó mandara sólo artículos cercados o sea contenidos por un cerco y que tuvieran la solución cerca, y, además, que ocuparan un solo lugar. De modo que no he podido saber qué gusto tiene un aumento, cuando toda la población lo sabe. La comunicación de los directores no dice si avisarán cuando estén de mejor humor; no usan postdatas que alegren. Si insisto me van a prosperar hacia la calle.

Así que, estimado lector, hoy no publico más que la mitad de lo que se ve aquí.


Toda persona que haya estado en este mundo sin techo y con moral, redondo en esta semana y que no sobra por ningún rumbo, habrá redondeado, en día de soberbia, el pensamiento de haberle tocado sólo a él nacer del lado en que las tortitas tienen azúcar, que es frente mismo adonde sobresale la manija del planeta que "gira alrededor de sí mismo" si pudiera yo girar en torno de mí mismo me repasaría la espalda del sobretodo al retirarme de cada pared; y viendo que este mundo no es como los días jueves que alcanzan para todos, sino corto, de economizar, que se consume por donde lo gastan, disfrutándolo el que llega primero que no son todos tendería su mano afanoso a dicha manivela en procura de dirigir el globo hacia donde él está; si bien esto es algo imposible en mecánica estricta hallándose la persona y el mango en un mismo sistema de coordenadas. Pero las "recomendaciones' son la genuina cuarta dimensión que se busca, y en mecánica laxa, interesándose personas de influjo se le cepillaría la incongruencia a mi proposición. Un sobreviviente de las conferencias de Einstein me garante que esto es todo lo que le entendió; me confesó dicho amigo que él asistía con el plan de entender; de modo que no hay nada que dudar en el asunto; ni se puede discutir cuán enojoso habría sido para Einstein conocerle semejante plan. Sigo aquí porque es donde debe continuar un artículo diferente.


Siendo esto así y lo demás de otro modo, es casi seguro que las continuaciones alargan los artículos y también que todo hombre creyó alguna vez tener en su poder la manija de este quejadero redondo y que no hay en Buenos Aires esquina tan larga que permita esperar en ella todo el tiempo necesario para catalogar cuantos proyectos se le ocurrirían a tal hombre de lo que haría y desharía con el mundo, en que nosotros estábamos tan tranquilos. De mi sé decir suerte que me tengo ahí hoy y aquí; sino no sabría nada de lo que piensa una persona en tal emergenciaque hallándome en esa afortunada prerrogativa imprimiría a dicha manivela impulsión tan brusca y bajo tan exquisito cálculo de direcciones, que saltarían del planeta las 298 morales, las 1.413 religiones, las 921 superioridades de raza y nacionalidad, y los 198 motivos de envanecerse de haber nacido en algún punto (¡qué trabajo me dio formular tantas cifras variadas, sin repetir centenas ni decenas!), cuyas despedidas entidades encontrándose y fundiéndose compusieran un grumo que tapara el agujero de entrada al mundo de la infatuación y la mala voluntad.


Ahora, considerado lector, espérame en esta esquina, que vuelvo enseguida: tan pronto como me haga millonario y haya entendido al tiempo como forro del espacio, según Einstein... Si tardo más de lo imputable a estos motivos, será porque estaré buscando el farol de nuestra ciudad a cuya luz sea fácil comprender por qué razón hemos creado una civilización de privados sexuales, de prohibidos; tardando todavía será que mi solapa está en manos de un partidario de Debussy frente al Odeón, o porque estoy pasando lentamente de la teoría luética a la parasitosis, como nuestro genial clínico, o porque estoy frente a la bobería en mucho bronce de Rodin, procurando adivinar en qué piensan los músculos del "Pensador" (¿es Dempsey o no es Dempsey? Los pensadores son más friolentos; éste se saca la ropa para poder pensar).


En fin, en un país de pastores, con diez generaciones de dieta cárnea, en que se permite comer remedios y se prohibe comer carne, hay mil motivos de entretenerse con tal que uno no se entretenga delante de una vidriera de frigorífico, quizá porque éstas, afiebradas por el tráfico, han dado también en atropellar.
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Macedonio Fernandez - Derechos reservados © (1874-1952) ("Martín Fierro", 1925)

noviembre 09, 2006

AQUí


AQUÍ

"Aquí - dije. Dejó que la ayudara a levantarse y luego arrancó
la mano, se apartó de mí.
-No me toques. No te acerques. -Aquí - repetí, y
caminé cuesta abajo hacia donde la duna se curvaba con el claro de luna, bajaba
en el viento y ya no era duna sino playa."

Theodore Sturgeon, "A Sourcer of Loneliness."


-"Aquí"-.

-¿Cómo? -.

-"Aquí"- . Señalando una parte de su cuerpo, una generalidad. Como si ya lo hubiera dicho, tantas veces, con lujo de detalles, no soportando nueva explicación, a ella, que no cabían dudas, ya se lo había comentado.


Pero ella estaba sorda, no podía escuchar, a menos que se le gritara. Se había criado en un mundo de gargantas coléricas, de ruido contagiado, donde el silencio era un castigo, quizá la muerte.


Así andaba, con su sordera histórica y su sonrisa comercial, sin poder discernir lo que los otros decían, sin escuchar ni oír. Y, aunque su aparato auditivo se encontraba en óptimas condiciones, era común no importarle más que el sonar de su voz, su propio alarido seco que en el mejor de los casos hacía callar al aturdido vecino. Ni las señas (no tenía tiempo), ni los códigos temporales (le dolía la cabeza), ni los códices y gestos (enigmas de pupilas) podría interpretar. No sé, si hubiera estado en su voluntad quizá podría entender algo, pero el querer es pariente del deseo, y francamente no tenía tiempo para ello tampoco.


Entonces, al tropezarse con aquel mamotreto, un loco (falta que le hacía), con la difícil vida que llevaba -vivir en la Capital Federal, en el micro centro de la ciudad porteña, no le hacía ninguna gracia- (como cuando vivía en New York o en Madrid, algo de las grandes ciudades atraía su atención, infectándole la fiebre), perdía la paciencia; se derretía.


-"Aquí"- le señalaba el astronauta, una sola palabra.


Justo a ella, tan ocupada siempre en otra cosa. Iba camino al barrio y después al estudio de abogados; claro, su trabajo se relacionaba con gente que hacía trabajo de robots, convirtiéndose así en humanos que hacen trabajos de máquinas con defectos de máquinas, con jornales infra-humanos y con expectativas de relojes suizos. Detrás de esa vida, "el marciano" que le señala "algo", "una cosa", que busca, semidesnudo, un Cristo gastado, cansado, bajado de la cruz. ¿Le dolería algo? Aquí. No es para mí y ...¡zas!, de un santiamén lo borró, y con él toda la vereda. Le funcionaba bien eso de borrar. Escribir le era difícil, pero borrar... Y practicó, porque notó que le era fácil (y eso si que lo notaba). Borrando a Dios y a María Santísima, borraba a los gordos, que le daban náuseas (era tan flaca) y a los viejos (que veía a todos de color verde); y a las viejas (que le recordaban a su madre y a la tía Olga y a su vecina) A los policías y militares, a las veredas derechas (conjuntamente con los carteles que prohibían girar a la izquierda). Borró a los pobres y a los shoppings; a los semáforos y a las putas, a los trajes y a las azafatas. Se borró las tetas (para que calzaran estupendamente las otras), las quemaduras del pecho, borró tantas cosas que un día se descuidó y se borró.


Sin darse cuenta, cuando doblaba camino al banco, se tropezó. Cuál déjà vu maldito estaba él, el Quijote semivivo, para ella; porque no olía mal, pero tampoco a perfume, y su pelo no estaba sucio pero no brillaba como el de la dama. Tenía los labios curtidos por el frío de Buenos Aires, ese frío típico de las grandes capitales. Ese frío de todo el año, de toda el alma en el living de los desprotegidos.

-"Aquí, aquí-", le insistía.


Los ojos se le salían de sus cuencas. pero la tristeza que él derramaba para ella aplacó su mal carácter, su exasperación, su falta de paciencia. De todos modos: dos más dos es cuatro, y punto. Pagaba los impuestos, y con las expensas estaba al día. No tenía créditos ni figuraba en el Veraz. ¿Por qué a ella?... ¡si no le hacía mal a nadie!. Pero no sabía que pronto -muy pronto-, su reloj se iba a descomponer y sería ella la descompuesta, fuera de juego, perdida.


Mientras tanto, su ignorancia la hacía sentir el ser mas poderoso del mundo, y con la arrogancia de los miserables, hundía su pie izquierdo en un capitalismo salvaje, el mismo que le había encastrado sus zapatos rojos lustrosos de moda, manteniendo intacto su taco aguja para perforar cualquier cráneo que se pusiera en su camino.

-Aquí, aquí-.


Muerta de miedo, se pensó sin vida al ver al Manco de Lepanto hablarle en otro idioma. Ya estaba (hábilmente) borrado ¿Qué había hecho mal? ¿Por qué ese castigo? Todo en un segundo. No hay tiempo en su vida. Todo en un segundo. En el siguiente, una transacción; en el otro, un documento firmado; en el próximo, una cuenta abierta, una trampa, un abismo, una cita, una guerra, un bombeador oxidado, una vía muerta.


-Aquí-. Cuantos adjetivos para una sola palabra. Pronto estaría fuera, afuera de todo el sistema que le proveía seguridad y bienestar, dinero, vivienda y status, poder, control, un nombre, un lugar. Tener y sólo tener, y una dirección. Pronto lo perdería todo, se perdería pero no lo sabía aún, como podría (?)


-Aquí-. Y un trueno le parte la cabeza, y se transforma en una pregunta macabra. No ve, no oye, no piensa, no siente, no desea y no puede tocar. No toca. Y miles de motivos no alcanzan para justificar. Ni su costado inquieto, científico, curioso se esfuerza por desarrollar el sentido básico de todo homo-sapiens. Pero no, no toca. Por el cólera, los microbios, por el SIDA, por la mugre, por la mierda ajena, por las torres gemelas, por los negros, por los coreanos, por los faloperos, por los caretas, por los bolivianos, por los curanderos, por los rojos, por los capitalistas, por la fiebre verde, por cualquier cosa: no toca. ¿Y por qué lo tocaría a el? ¿Por qué?
Si ella no tocaba a nadie, usaba y descartaba, elegía y usaba, señalaba y decapitaba -pero tocar era otra cosa-. Evitaba tanto ser cosa que se había cosificado, intocable, nadie podía comprobar que estuviera viva. Los otros la tocaban, él la tocó dos o 345.700 veces, no sabía. Abrazarse, saludarse, besarse, amarse, pellizcarse, acariciar. Rasguñar, peinar, masajear, manosear, calentar, todas: lluvias de manos. Se lo estaba perdiendo. Cuando la invitó a tocar, sólo había dicho la palabra. No sabía que podía, podía. Sólo dijo "aquí", pero no le dijo: "tocá aquí", no señaló nada; dijo.


Ella, que no entendía nada, se dejó llevar; rompió el engranaje, se despertó, pensó con el corazón, dejó de corazonear con la mente. Y lo tocó, se tocó a través de él. No sabía porqué no sabía tanto que no podía saber todo lo que no sabía. Y supo lo que es no saber por sólo un instante, y él la miró a los ojos -siempre él la miró a los ojos-, pero sólo se sabe esto cuando se devuelve la mirada -y tenía ojos celeste de lunas intensas-. Y ahora, para ella, él era hermoso, una perla encerrada en un candado corroído.


En el cruce de miradas le pasó la vida, la película española, el cortometraje, el documental, el video clip, el comercial, el plano-secuencia, la foto.
Y en aquel fragmento de tiempo pasaron la muzzarella pesada, la mano lustrosa; el horario exacto de partida y de llegada el tiempo fuerte y la cama calentita; la izquierda como derecha, la derecha como el diablo, el diablo como Cristo; Cristo como el Big -Bang, el sol por la mañana, los cuernos y el rojo con rabo en punta de flecha; el almuerzo al mediodía y la cena por la noche, las uñas cortas y la ropa interior limpia. Un Jesús en la cruz y el perro en la cucha, y que me caiga un rayo si no digo la verdad. Y no pensar en la verdad que, seguro, es pura mentira. Me valga Dios no creer en los curas y me cura el diablo si creo en los hijoputas de los politiqueros de turno.


En el marco de la foto: una jaula. La jaula del pájaro humano, de un humano-cosa, de una cosa parecida a ella -ella dominada por la máquina brutal de la especie, de su material, de su esencia y de sus sentidos hechos barrotes-.


Jamás un grito en serio para destapar todas las cañerías de la ciudad. Jamás una palmada de apoyo y cariño a nadie. Jamás un ceño fruncido, pero de placer y éxtasis de sexo hecho infinito. Jamás un delirio, un ocio inoportuno, una pausa en el abismo, aquella dulce equivocación merecida. Entonces un hombro en su mano, un pecho. Un latido de alguien vivo atraviesa su corriente alterna, su viaje de sangre acuosa, su tránsito de vida hasta los pulmones, su néctar. Y la transformación, también, en un segundo sin saber, con sabor y sin subir. No era necesario subir para ser.


Atraviesa mágicamente su mano perfecta, su cutícula sana; uñas afiladas contaminadas de otro, de alguien, de un extraño, de la Humanidad. Ella intocable, impenetrable, irascible, ahora perpleja por la vulnerable casualidad y complicidad de los hechos.


Casualidad es locura y destrozo. Aniquilamiento de llaves y nombres. Quita la mano del hombro y todo retrocede a donde estaba; el aire es pesado, el apuro al abismo de todas las cosas y los días, la muerte en cada esquina y el fastidio como mujer. No entiende la torta, descree. Quita su mirada a los ojos marrones -¿no eran celestes?-. Para ella es otro hombre, no es tan viejo ni desgarbado. Piensa: "¿quién me engaña?, ¿es una trampa?". Pero, no acostumbrada a salirse de los límites (entiéndase bien; no es lo mismo que "los límites"), da vueltas su cabeza y vueltas; gira sin poder, sin parar, poner las cosas en su lugar (cuando los seres vivos trabajan y obran, las cosas de los no-vivos creen que todo lo que está debajo del sol debe de tener su lugar, su etiqueta, su nombre, su número y su fin)


Caen en la cucaracha muerta -la mutante, la que soportó el veneno para salvar a las otras-, por el ala de cristal, la pata de metal y legiones de nuevas vidas de acero, preparadas para la batalla final. Los humanos no son predecibles. Al menos cuando se ejerce su plena clorofila.


-"Aquí"-.

-¿Aquí, adónde?-


Aquí, la miró dulcemente en agradecimiento, para ella, al devolverle la conversación. ¿Estaría volviéndose loca al hablar con un fantasma?

-Le toqué el hombro, ¿le duele?-. Un mar de preguntas.

-Aquí-. Y sonrió, para ella y para el, y para todos.


Miró a todos lados girando su cabeza, con ruido a dolor, enloquecida -sin combustible, buscando testigos de aquella sonrisa radial-; no encontró más que tanques de guerra y escombros de miseria. Los hombres como fósiles agujereados y las máquinas montadas en relojes agotados de tanta pila; algunos atrasantes y otros adelantantes.


- ¿Pero cómo?-.


Aquí. Y los ojos celestes adornaron la vidriera de zapatos.
Ahora ella le devolvía, también, la sonrisa. Tomó su mano huesuda -para ella, su mano-Cristo-imposible, y se la pasó en un acto autodestructivo, por su propio pecho, quizás para comprobar que estaba, que el corazón significaba una metáfora de existencia, y gritarle al mundo con el silencio de aquella síncopa un mensaje con su nombre sin títulos, sin números. Su nombre, su unicidad para y sólo para la colmena.

-Aquí- dijo ella.


-Aquí-, dijo él.


Pero el macabro hombrecillo, disfrazado de tridente con cuero y rabo, era también el cieguito de lentes oscuros con el perro blanco, y el hombre de negro, y ella misma con una lata vacía.


Aquí -quiso decir ella-: era, sentí mi presencia. Gracias, ya entendí, gracias, ahora me voy. Soy feliz, gracias, me voy y te dejo. Quedamos así. Me alegraste el día, me va a durar un año o más, pero ya me voy: vos a tus "aquíes" y yo a mi camita bien hecha, calentita, a ver en el cable la película de las diez, comiendo helado de limón, a mi trópico personal. A mis cuentas pagadas y a mi sillón acolchado, mullido, bien trabajado y ganado, merecido y divorciado. Y en cada presente a hundirme en el despojo de mi conducta, en el obtuso desván de mis días siniestros.
(El espejo la maldice a su paso) Pero gracias, ¿eh?. Nunca pensé… tan macanudo, chau.-Aquí-. Sin embargo, él había querido explicarle otra cosa muy diferente: no alcanza con vos. No sos vos, somos "únicos", pero no "los únicos". No: tu corazón, "nuestro", entonces: el mío, el tuyo, el de él. Pero no es de corazones: es aquí, en tu espacio.


Aquí. Sin letras ni vocablos mezquinos. Hablame; pero sin hablar. Sentime; pero con el alma. ¿Me escuchás?... ¿Me escuchás, ahora? No es tocar. Es estar, o no lo es. Es "te necesito", y por lo tanto "me necesitás", pero sin presiones y sin las letras mentirosas que son barrotes.


Infinito, sin príncipes ni finanzas.


Sin motivo. Te quiero y gracias. Pero sin gracias: GRACIA: regalo; gracias: muchos regalos. El universo nos regala. Sin nada a cambio, porque sí.
"AQUÍ", ¿entendés?


La calle pasaba de su tono gris-azul mortecino a un frugal verde-oro, a un ambarino, bermellones oscuros, escarlatas punzantes, que hacían dificultosa la mirada. Todo cambiaba a gran velocidad. Pero el reloj-máquina no cambiaba, todavía, el segundo.


No, no es lo que pienso. Querés más (se dijo, desanimada). Iba a pensar en los "hombres" (especie) pero sus ojos cambiaron y se acaramelaron para ella y se hicieron nubes, y se aflojó la camisa y la corbata que le exigían en la oficina del infierno, y hasta el corpiño se aflojó, y las hombreras y todos los conectores que estaban rígidos se aflojaron sólo un segundo, o menos.


Los ojos decían cosas; "aquí" era otro significado. Sintió. Sintió que debía cerrar los ojos para ella, y se encontró con un valle de azucenas y de crisantemos, y el cielo se rompió de mariposas; y no podía dejar de cantar y de correr. Y voló por las montañas. Abrió los ojos asustada y vio a un perro endiablado, a su madre, a la portera piojosa, a una promesa sin su madero, a un niño sin manos, a ella sin rostro, a él sin boca, o mejor dicho a una boca atada a una lámpara -y presintiendo la fiebre, volvió a cerrar los ojos-; pero los abrió aún más y volvió a escuchar, a masticar y oler por enésima vez todo lo que él tenía para decirle:


-Aquí- Sin palabras, ¿no?. Como entendiendo algo. Y le hablaba en silencio con la mente, y probó con el alma también.


-Aquí- Es el espíritu universal. Sí, afirmaba su otro.
-Aquí-Sonrisas y carcajadas, amigos, en las almas conectadas en sus ojos verdes ciruela, rojos acacia.


-Claro, claro-. Conversaron por horas para ella; por milisegundos para el sistema.-Aquí, el amor de la especie.


-¿De dónde venimos? Aquí.


-Aquí. Vamos. ¿Nos transformaremos?.
-Aquí-Todo movimiento él, vértigo ella. La desnudez y la túnica: una sola cosa. Izquierdas multicolores; cerebros-corazones; la palma necesaria-innecesaria de tocar para tocar realmente. Y así con todos los sentidos, todos los buenos y los malos, los sanos y los verdes, los caucásicos y los dulces, los finitos y potables.Sin sentidos, sin mirarse, en un solo descolor, para sabor de vida bebida. Un cachetazo a su odio, a su codicia, a su hartazgo y a su "yo".


Y se despabiló. Se enojó despertándose, abriéndose los ojos una y mil veces. Se asustó. La mano de ella enclavando la de él en su pecho. La lanzó cómo una maldición, cómo una trompada pero al revés y se fue para ella, pero se volvió y retrocedió un segundo el reloj a pila.


Cada vez más liviana, ella se acercaba con menos calma y más responsabilidad, con los huesos abiertos acusando a los de él, oscuros como la noche, quizás agraviaría al Mesías-trucho en el que no creía: pero éste le mostró las mano y juró ella estar alucinando cuando no vio lo que para ella debía ver -eran las manos más comunes del mundo, sin poses papales ni orificios bíblicos, ni siquiera chorreantes de fe por fieles imaginarios.


Las tocó.


"Aquí" -se dijo ella, anticipando la prédica del Anticristo-. O del post-Mesías, o sea el Salvador que nadie espera como ella.


Pero ella no necesitaba salvadores ni curanderos. Sólo respuestas sólidas, filosóficas. No alucinógenos baratos, inciensos mentirosos, hojarasca para imbéciles.
Ella era inteligente, gris.


"Aquí", volvió a anticipar, sabiendo que estaba tan desesperada, tan sola en un océano extraño, en el campo enemigo, hundida en el cemento, contagiada por las flores, quemada por el viento.


-Aquí. Somos sólo nosotros dos. Intentó torpemente una frase coherente, para ella, para un lenguaje extranjero.


-Aquí (respondió él). Así de simple y de complejo. El quería que callaran sus silencios. Todas y cada una de las interpretaciones, traducciones y predicciones del único aquí válido. El primero, el fantástico. Cuando ella callara su mente, su cuerpo, su cultura, aprendería a escuchar y a escucharse, a olerse, su fragancia verdadera ensuciada por las artificiales.


Entonces empezaría a entender.
A soñar, a despertar de una realidad -para ella-; irrealidad -para él-, o sub-realidad para los "aquienses".


-Aquí. No es una verdad -entendió ella-, y él le respondió afirmativamente.
"Aquí" es el principio de algo, el resumen de la complejidad, de la existencia y del tiempo vivo.


Una palabra (pensaba él) para un ser humano tan complejo (pensaba ella), debería poder traducir la oscuridad y fragilidad (pensaban los dos) de la razón de la razón: el amor.


Pero decir ese signo, esa piedra, es muy fácil; todos tienen la respuesta equivocada a una pregunta que nunca se hizo. Porque todos tienen, al menos, una respuesta.Respuestas como sinónimos, respuestas como soluciones, soluciones como descompromiso y éste como dejar de existir. Todo aleja, la cultura inclusive, de la esencia máxima de un presente difuso.


No palabras, verbos. Las para-palabras. El significado simple de la verdad.Entonces todo empieza-termina sin tiempo: en una eternidad -para ella- en cuatro signos.


-"Aquí"-

Vio de repente sus ojos verdes maquillados, y el hombre asustado salió corriendo lejos de aquella loca semidesnuda que decía sin parar: "aquí, aquí", raquítica y sola, de ojos celestes

- para él-.

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Marcelo Meza - © derechos reservados 2004

Fotografía: (Nora Cullen) Del film "Nazareno cruz y el lobo"